El manual de nunca acabar: cómo reconfigurar el espacio de la izquierda española
Nueva guerra fría en la izquierda española. O puede que sea la misma de siempre. Como cada vez que el tenue rumor de las urnas llega a oídos de figuras progresistas, los despachos bullen de ideas. Todos parecen tener la solución, y a la vez, la suya siempre tiende a ser la única válida y la que no encaja con las demás. En este mar de dudas, trata de fajarse Rufián, en su nueva tarea como pegamento de las formaciones a la izquierda del PSOE. Su papel no es nuevo. De hecho, es probablemente el trabajo más antiguo de la democracia española, incluso si nos remontamos a la Segunda República. Sin embargo, pese a las buenas intenciones (y a la clara opinión favorable del votante de ese espacio), él mismo dejó claro que "los aparatos" no iban a estar muy contentos con su propuesta. Quizá la clave pase por ahí. Nadie contento, pero todos conformes con el resultado. Pero, para llegar al destino en el que los números se asienten (y den continuidad al Gobierno progresista), hay varias carpetas intrincadas que su equipo debe abrir y resolver con la mayor mano izquierda posible (nunca mejor dicho). La primera, claramente, es la configuración del espacio en sí. El modelo Sumar, al igual que el de Unidas Podemos, está caducado. Tratar de aunar en una misma lista a todas las izquierdas, diluyendo sus siglas y sus particularidades, no funciona. Resta. Como es lógico, la opción tampoco puede pasar por que cada uno vaya por libre, no solo por la opinión negativa que eso genera en la calle, si no por la ostensible pérdida de votos que caen al vacío de la no representación. Así, teniendo cristalinas las posiciones de los partidos nacionalistas de que no concurrirán a las elecciones en una plataforma común, y que tanto EH Bildu como ERC y BNG irán con sus siglas y sus campañas propias, Rufián y su gente deben encontrar la vía para hacerlo funcionar. De hecho, está obligado a ello, pues la propia decisión de su partido le podría poner en terreno desconocido. Por ello, la solución más funcional, aunque también la más compleja, es la de la confederación. Sobre el papel, las matemáticas salen. El Bloque se presenta como lista única en Galicia, ERC en Catalunya, Bildu en Euskadi y Navarra; y a ellos se sumarían, como es lógico, aquellos partidos que tengan raíces, que hayan podido trabajar en su territorio durante años, tocando de cerca al vecino. Es el caso (que ya se ha demostrado que funciona), de CHA en Aragón, por ejemplo, Más Madrid en la CAM, Compromís en la Comunitat Valenciana o Adelante en Andalucía. Ahora, ¿y en el resto? Aquí, sería conveniente pensar en cómo resolvió satisfactoriamente esta cuestión Podemos para sus primeras elecciones generales, en 2015. Al no tener demasiado asentamiento territorial, delegó en las marcas (aquellas mareas) y se quedó con las circunscripciones en las que no quedaba otra. En el caso que nos ocupa, la clave est�...