¿Qué hacer ante un mundo en crisis? La esperanza como práctica subversiva
Por Candela Antón de Vez
21 diciembre, 2025
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Hace casi 4.000 años, en el Reino Medio egipcio, alguien escribió el que puede ser considerado como el primer texto filosófico de la historia: el _Debate de un hombre con su Ba_. En este poema, un aparente moribundo conversa con una parte de su alma y le pregunta qué sentido tiene seguir viviendo si el mundo se ha vuelto un lugar caótico, violento, impío. “¿A quién puedo hablar ahora?”, se lamenta. “Los hermanos se han vuelto malos, los amigos no aman, las mentes son codiciosas, la bondad ha perecido”… Hoy en día, basta con repasar las noticias o las redes sociales para sentirse identificada.
Sin embargo, lo más fascinante de aquel poema es que puede que no fuera espontáneo. En cambio, sería parte de una campaña de legitimación del faraón Senusert I para alimentar una narrativa concreta: el primer periodo intermedio, una época de descentralización política que había precedido a su reinado, había sido un tiempo de caos y destrucción total. La moraleja entonces es cristalina: o aceptas el poder centralizado del faraón, o te hundes en la oscuridad. Caos o monarquía. Comunismo o libertad. ¿Te suena?
No faltan razones para la ansiedad. Vivimos múltiples crisis: el cambio climático avanza más rápido de lo previsto, los conflictos armados se recrudecen, ensañándose contra la población civil de Ucrania, la Franja de Gaza o Sudán, la desigualdad aumenta, la democracia retrocede en medio mundo, los movimientos forzados de población baten récords… El miedo al colapso parece, esta vez sí, justificado. Pero ese es precisamente el espejismo: el miedo al colapso ha sido siempre una herramienta de primer orden para quien ostenta el poder. Y nosotros, cuatro milenios después, seguimos cayendo en la misma trampa.
## **Hay crisis, pero también mucho más**
Vivimos en un momento histórico peculiar: nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información sobre cómo va el mundo, en especial lo que va mal. Y los medios de comunicación han construido un modelo de negocio que se alimenta de la ansiedad que eso produce. En la economía de la atención que promueven las plataformas digitales, las malas noticias retienen más la mirada, generan más clics, más _engagement_. El algoritmo premia el horror porque el horror vende. A su vez, esto sigue enriqueciendo a quienes poseen los grandes medios de comunicación y plataformas digitales, lo que incentiva a seguir explotando el modelo.
El resultado es un sesgo de negatividad. Las crisis son reales, pero la forma en que lo contamos contribuye a una sensación de catástrofe inminente que no siempre se corresponde con la realidad. Al mismo tiempo que todo eso, ocurren muchas cosas que no vemos: comunidades que se organizan, tecnologías que avanzan, movimientos sociales que ganan batallas, formas de vida más sostenibles que emergen… Fenómenos que no copan portadas ni generan visitas ni clics, pero son tan reales como las crisis de fondo.
Pero el cerebro humano, por supuesto, no está diseñado para procesar información estadística a nivel global. Estamos hechos para responder a amenazas inmediatas, cercanas, viscerales. Cuando nos bombardean con información catastrófica de todos los rincones del planeta las veinticuatro horas del día, el resultado no es una ciudadanía informada y movilizada, sino una ciudadanía paralizada por la ansiedad, o incluso por la impotencia o la apatía. Y la parálisis, justamente, es el mejor aliado del _statu quo_.
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No se trata de negar las crisis, pero sí de matizar la magnificación. Algunas realidades: la pobreza extrema global se ha reducido drásticamente en las últimas décadas, la mortalidad infantil ha caído, la esperanza de vida ha aumentado… Esto no significa que todo vaya bien, sino que la realidad es más compleja que el binario catastrofismo/optimismo. La desigualdad dentro de los países ha crecido, mientras la desigualdad entre países se reduce. El cambio climático es una amenaza existencial real, pero también tenemos más conocimiento, más tecnología y más movimientos sociales movilizados para enfrentarlo que nunca.
El problema no es sólo que los medios magnifican lo negativo, sino que construyen una narrativa en la que todo está conectado como una aparente espiral de caos inevitable. Y esa narrativa beneficia tanto a quienes quieren mantener el sistema actual (“no hagáis nada drástico o será peor”) como a quienes proponen soluciones autoritarias (“sólo un poder fuerte puede salvarnos del caos”), como las que Donald Trump abandera hoy a nivel internacional. En ambos casos, el resultado es la parálisis y la delegación del poder.
## **El cambio social sigue siendo posible**
Esa parálisis nos aleja de una idea crucial: el cambio social es posible. No sólo está documentado, sino que también tiene patrones identificables. Erica Chenoweth, politóloga de Harvard, analizó más de trescientas campañas de resistencia con objetivos maximalistas, como derrocar Gobiernos autoritarios, expulsar ocupaciones, lograr secesiones, entre otras causas… acontecidas entre los años 1900 y 2006. En su recopilación, las campañas no violentas tuvieron el doble de probabilidades de éxito que las violentas. También bautizó “la regla del 3,5%”: ningún movimiento con la participación activa y sostenida del 3,5% de la población ha fracasado. En España, eso equivale a 1,7 millones de personas organizadas para conseguir un impacto ineludible, por ejemplo, frente a problemas transversales como el de la vivienda.
Además, cuando ocurren desastres, las sociedades no tienden a volverse violentas y egoístas. Rebecca Solnit, escritora estadounidense, documenta en su libro _Un paraíso construido en el infierno_ (Capitán Swing) que ocurre lo contrario, contrarrestando la narrativa del caos a la que nos tienen acostumbrados. Las comunidades se organizan espontáneamente, comparten recursos, cuidan de los vulnerables, generan estructuras de apoyo que funcionan mejor que las institucionales. Ocurrió tras la dana en Valencia, que se materializó en ríos de solidaridad vecinal y nacional al margen de la lentitud de las instituciones.
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Lo que ocurre después de esas organizaciones espontáneas es todavía más revelador: las élites, alarmadas por esa autoorganización popular, intervienen para “restaurar el orden”. Solnit lo llama “el pánico de las élites”. Pero no temen el caos _per se_ ; temen que la gente descubra que puede organizarse sin ellas. Durante el terremoto de San Francisco de 1906, los vecinos montaron cocinas comunitarias y sistemas de rescate funcionales. Aun así, las autoridades desplegaron al ejército y restauraron el orden a punta de fusil. La narrativa oficial después fue: “Sin nosotros, habría sido el caos”. Pero la evidencia muestra lo contrario.
Entonces, ¿cómo conectamos estas crisis (reales o también magnificadas) con la posibilidad del cambio? La clave está en entender que la mayoría de las crisis no son inevitables o accidentes naturales, sino productos de un sistema económico y político. El cambio climático no es “culpa de la humanidad” en abstracto; es resultado de un modelo extractivista que prioriza el beneficio a corto plazo. La desigualdad no es una ley natural; es consecuencia de políticas fiscales, laborales y financieras. Las guerras no son un designio histórico; se llevan a cabo por decisiones concretas e intereses más amplios. Y si son problemas sistémicos, las soluciones también deben serlo. No basta con cambios individuales, aunque por supuesto debe haber un cambio de mentalidad individual. Necesitamos también transformaciones estructurales.
## **De menos a más: cómo se produce el cambio**
Aquí llegamos a la verdadera pregunta: ¿es posible cambiar las estructuras de poder que generan estas crisis? El antropólogo David Graeber argumenta en _La utopía de las normas_ __(Planeta)__ que las estructuras de poder que nos parecen eternas e inevitables son, en realidad, frágiles y contingentes. El capitalismo, pese a las crisis de 1929 o 2008, se sostiene en parte por nuestra incapacidad colectiva para imaginar alternativas. No es que sea indestructible; es que hemos interiorizado que es inevitable. Pero la historia está llena de sistemas que parecían eternos hasta que colapsaron: el feudalismo, el absolutismo, la esclavitud institucionalizada, el _apartheid_ sudafricano… Cayeron, entre otras cosas, porque suficientes personas tenían otras ideas y actuaron como si ya hubieran caído. Las ideas de fraternidad, libertad e igualdad precipitaron la Revolución francesa. Y cuando la legitimidad de un sistema se resquebraja, ya no hay vuelta atrás.
Donna Haraway, historiadora estadounidense, propone algo que llama _staying with the trouble_ (‘seguir con el problema’). No se trata de tener esperanza en el sentido ingenuo, sino de desarrollar _response-ability_ , capacidad de respuesta. Actuar con responsabilidad situada, hacernos cargo de lo que podemos hacer en nuestro contexto específico, con nuestros recursos específicos, junto a las personas específicas con las que compartimos territorio o espacio. Haraway rechaza tanto el optimismo ciego como el pesimismo paralizante. Ambos son formas de abdicar de la agencia y de renunciar al esfuerzo de cambiar las cosas.
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Lo siguiente es llevar esa idea a la práctica. Adrienne Maree Brown, escritora y activista estadounidense, propone en _Emergent Strategy_ que los movimientos sociales pueden aprender de los sistemas naturales: pequeños cambios generan movimientos relacionados que pueden ir aumentando su repercusión y tamaño. _Small is good, small is all_ : ‘lo pequeño es bueno, lo pequeño lo es todo’. Es un antídoto directo contra la parálisis que genera la magnitud de los problemas globales. ¿Cómo combates tú solo el cambio climático? No hay manera humana de hacerlo. Pero puedes organizarte con tus vecinos para presionar a tu ayuntamiento. Puedes participar en asambleas, en cooperativas, en redes de apoyo mutuo. Y esos gestos acumulados resultan en el verdadero tejido del que están hechas las transformaciones sociales.
¿Vivimos ya en las ruinas del capitalismo? La antropóloga Anna Tsing argumenta en _La seta del fin del mundo_ (Capitán Swing) que sí, en el sentido de que el capitalismo ya no puede prometer prosperidad constante, empleos estables o mejoras de vida progresivas. La cuestión, apunta, no es tanto evitar su colapso, sino sobrevivir y vivir bien en medio de él. Tsing propone para ello las _arts of noticing_ (el ‘arte de notar’ o de ‘darse cuenta’): prestar atención a las formas de vida, colaboración y resiliencia que existen en los márgenes, en las grietas del sistema. Ya existen muchas: economías comunitarias, cooperativas de vivienda, huertos urbanos, bancos de tiempo… Son realidades presentes que pasan desapercibidas porque no encajan en la narrativa dominante, pero demuestran que hay vida durante y después del colapso. Hay formas de organización, de cuidado, de producción que no dependen de que el capitalismo global funcione.
## **Vale, y ¿qué hacemos?**
Lejos de ofrecer “cinco cosas que puedes hacer para salvar el mundo”, sí hay algunos reencuadres necesarios para poder actuar.
**Primero: el miedo es una herramienta de control.** Cuando sientas esa sensación apocalíptica, pregúntate: ¿a quién beneficia que yo esté paralizado? El Gobierno de turno, las autoridades locales, grandes empresas nacionales o internacionales… La ansiedad no es información. Es ruido.
**Segundo: el cambio social no es un milagro, es un proceso documentado.** Tiene patrones, tiene historia, tiene evidencia empírica en distintos países. Los logros de los movimientos feministas lo demuestran. Hace poco una mujer necesitaba la firma del marido para tener una cuenta bancaria. Ya no es así. No necesitas fe ciega; necesitas conocer cuándo ha funcionado y comprender y replicar o adaptar las condiciones.
**Tercero: lo pequeño importa.** Lo que hagamos en nuestro hogar, en nuestro municipio, en nuestra realidad cercana e inmediata importa. No por simbólico, sino porque es el nivel en el que podemos actuar. Y los patrones locales pueden escalar hasta conseguir cambios estructurales; siempre lo han hecho.
**Cuarto: no estamos solos.** El sistema está diseñado para atomizarnos, para hacernos creer que cada uno va a lo suyo. Que sólo nos interesa lo propio y no tenemos nada que ver con lo de los demás. Que “el pobre es pobre porque quiere”. Pero cuando miras con atención, ves que hay personas organizándose en todas partes, todo el tiempo. Quizá no aparezca en los titulares, pero está ahí, estamos aquí.
**Quinto: no se trata de optimismo.** Se trata de _response-ability_ , de capacidad de respuesta. Puedes tener miedo y aun así actuar. De hecho, es lo más sensato.
Aquel faraón egipcio quería que la gente tuviera miedo y para ello le beneficiaba ese poema sobre el caos. Quería que la descentralización pareciera sinónimo de desastre. Pero el primer periodo intermedio no fue el fin del mundo. Fueron tiempos de reajuste, de experimentar otras formas de organización. La gente siguió viviendo, adaptándose, creando. Nosotros también nos estamos reajustando. Y también, inevitablemente, cambiaremos el paradigma. La esperanza no es ingenua: es una práctica, y, como todas, mejora con el uso.